¿Y LA EFICIENCIA? TAMBIéN, PERO DESPUéS

23 de Mayo, 2013

¿Y la eficiencia? También, pero después

El tema de la protección social es quizá uno de los de mayor relevancia en la discusión actual y (más o menos) pública sobre el desarrollo de América Latina. Y esto no es menor, pues como se ha sugerido recientemente, luego de la muy celebrada década latinoamericana de crecimiento económico e importantes disminuciones en la pobreza y la desigualdad de ingresos, todavía existen importantes grupos de población que siguen en condiciones de exclusión.

Por Alfredo González Reyes*
(Foto: Clarita / morguefile.com)
 
El tema de la protección social es quizá uno de los de mayor relevancia en la discusión actual y (más o menos) pública sobre el desarrollo de América Latina. Y esto no es menor, pues como se ha sugerido recientemente, luego de la muy celebrada década latinoamericana de crecimiento económico e importantes disminuciones en la pobreza y la desigualdad de ingresos, todavía existen importantes grupos de población que siguen en condiciones de exclusión. Los logros alcanzados en esta década parecen estar agotándose, y lo más difícil de alcanzar en el progreso social de América Latina sigue pendiente.
 
El debate al respecto es complejo por la heterogeneidad de avances y estrategias de política que a lo largo de los años se ha desarrollado en la región, por y la multiplicidad de posiciones al respecto, dentro y fuera de ella. Paseando un poco por aquello en lo que distintas instituciones internacionales dedicadas al desarrollo concentran sus esfuerzos diversidad de avances, dos publicaciones del año pasado destacan por su amplio alcance, e ilustran al mismo tiempo lo que quizá podría considerarse como una arena protagónica de dicho debate a nivel internacional. Se trata de “From Right to Reality. Incentives, Labor Markets  and the Challenge of Universal Social Protection in Latin America and the Caribbean”, y de “Inclusive Social Protection in Latin America: A Comprehensive, Rights-based Approach”.
 
Ambas publicaciones abordan diversas preocupaciones sobre las dimensiones más típicamente analizadas de la protección social, tales como la cobertura universal en salud y su financiamiento, los programas de protección del ingreso en la vejez, las estrategias de apoyo al ingreso en general, y la relación entre el sistema de protección social y el mercado laboral; del mismo modo, repasan temas transversales tan complicados como el de la formalidad y la informalidad, la vulnerabilidad, el riesgo, y el cambio institucional, para mencionar sólo unos pocos.
 
La primera de ellas, sin embargo, destaca de manera insistente el tema de la eficiencia, advirtiendo con frecuencia sobre los peligros de generar incentivos negativos que terminen minando al crecimiento económico, particularmente en lo que se refiere al mercado de trabajo, y otros asuntos relacionados con esto. La política de protección social, argumenta, puede influir en el mercado laboral equipando al capital humano de manera eficaz y facilitando su asignación más eficiente, pero la tentación de regular al mercado de trabajo y elevar de manera artificial los costos que enfrentan las empresas  la mano de obra debería evitarse a toda costa.
 
La segunda publicación, por el contrario, se aleja de esa posición: para sus autores, el mercado laboral sí debe regularse con el fin de asegurar estándares y condiciones laborales mínimas que promuevan y protejan el trabajo decente. De hecho, arguyen, la regulación del mercado laboral debe ser considerada parte integral de la protección social a través de políticas de salarios mínimos, negociación colectiva, seguridad en el lugar de trabajo, o políticas no discriminatorias. En general, se trata de instalar la idea de la protección social desde una perspectiva basada en derechos. Una publicación se preocupa mucho por la eficiencia y la otra no tanto, y la contraposición entre sus títulos es casi perfecta. El debate sobre el tema, en las publicaciones descritas aquí de modo tan parcial e injusto, y en muchas otras, está lleno de detalles y sutilezas que en toda su riqueza en ocasiones pueden hacernos olvidar del principio del asunto. Pensemos pues, de la manera más elemental posible, el fin último de esta sofisticada discusión.
 
Piense cada quién en una persona cuyas condiciones de bienestar social puedan ser muy fácilmente calificadas como de clarísima desventaja. Basta observar un poco, seguramente esa persona no se encuentra demasiado lejos. Alguien que haya crecido en condiciones de pobreza, con una alimentación apenas suficiente y mal equilibrada. Que haya tenido escaso o nulo acceso a educación formal, y se haya visto obligado a trabajar desde muy joven, siempre entrando y saliendo de trabajos formales e informales -algunos francamente precarios- según los vaivenes económicos y su circunstancia particular. Esta persona, por lo tanto, ha tenido acceso de manera intermitente a distintos tipos de servicios de salud, unos de aceptable calidad, y otros de la peor. Por cierto, con una trayectoria así, lo que logre acumular como pensión para su retiro difícilmente será suficiente llegado el momento. Alguna vez, un hermano o un hijo de esa persona enfermó, y debido a su circunstancia del momento se vio obligada a cuidarle perdiendo o haciendo perder a algún otro miembro de la familia algún ingreso, por tener que dedicar tiempo a cuidar a su enfermo. Además es probable que haya tenido que gastar los escasos ahorros que tenía, quizá luego de muchos meses de ahorrar muy poco a poco regresando, literalmente, a cero.
 
Luego de unos años quizá, le haya sido posible ver que sus hijos o hijas lograron alcanzar ya un mayor nivel educativo que el que esa persona alcanzó, pero el mayor de ellos ha empezado a darse cuenta de que encontrar empleo no es nada fácil y que lo que ha logrado estudiar no necesariamente le resolverá el problema. La persona en cuestión envejecerá, probablemente vivirá con alguno de sus hijos, y sin duda tendrá que trabajar hasta el último minuto en que sus posibilidades físicas se lo permitan, sufriendo durante sus últimos años de una salud precaria a consecuencia de una vida que fue dura desde el comienzo. Los hijos quizá llegarán a tener algún patrimonio, tal vez un coche de segunda mano, un micro negocio, o con suerte hasta una pequeña casa de bajo costo en la periferia de una gran ciudad si es que se encuentran entre los pocos que han logrado afianzarse al mercado formal por tiempo suficiente. Esto, o algo similar, podría pasar en un buen escenario, pero no hay ninguna garantía de que, aun poniendo todo su empeño, su vida o la de sus propios hijos cambie demasiado.
 
Si la persona que he descrito desde el principio es mujer, las dificultades se multiplican. Y ni siquiera he mencionado el posible daño en términos de bienestar subjetivo sufrido por una persona así en contextos de violencia o discriminación racial y de clase, tan comunes en América Latina. Variantes de esta historia hay por montones y no se trata de ficción alguna, existen por millones en la región. Así, sin exageración ni paternalismo. Es lo que es.
 
De eso precisamente estamos hablando. Cuando hablamos de protección social hablamos de fortalecer el pacto que existe entre los miembros de cada sociedad, y transformarlo en uno en el que ninguna persona, en ninguna de las distintas etapas de su vida, vea imposibilitada la realización de su potencial y su capacidad de elegir y perseguir aquellos objetivos que valora, debido a sus condiciones iniciales y a que durante su desarrollo se ha visto en desventaja de formas múltiples. El debate técnico es indispensable y sin duda debería darse no solo en términos de resultados en el bienestar de las personas, sino también en términos del proceso mediante el cual se alcanzan esos resultados.
 
Pero también es un debate político que tiene qué ver con la empatía y la solidaridad de todos los miembros de cada sociedad, y con la baja rentabilidad y el alto riesgo que pueden enfrentar quienes toman las decisiones al aventurarse con políticas nuevas y ambiciosas. Es, sobre todo, un debate que tiene impacto en las vidas de hombres y mujeres concretos, cuya voz individual suele verse apagada por su propia circunstancia. Construir sistemas de protección social integral que no dejen fuera a nadie, literalmente a nadie, y que comiencen por incluir a quienes están en mayor desventaja, es lo mínimo a lo que deberíamos aspirar y lo que deberíamos estar construyendo hoy. De eso estamos hablando. De la eficiencia también hablamos, pero después.
 
Sobre el autor: Alfredo es Especialista de Programa para las áreas de Pobreza, Objetivos de Desarrollo del Milenio y Desarrollo Humano de la Dirección Regional para América Latina y el Caribe del PNUD, con sede en la ciudad de Nueva York
 
Fuente: Revista Humanum
 

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