CRECIMIENTO Y TRABAJO

1 de Junio, 2013

Crecimiento y trabajo

El Regional Economic Outlook del FMI ratifica algo que vienen debatiendo economistas heterodoxos hace décadas: el grueso del crecimiento económico de América Latina no se debe al boom de commodities, ni al desarrollo del sistema financiero, ni a la calidad de las instituciones, sino al crecimiento del factor trabajo en los últimos veinte años. Es decir, por la expansión de la población económicamente activa que asume la forma de un dividendo demográfico de nuevos entrantes laborales y de un dividendo de género por una mayor participación laboral femenina.

Por George Gray Molina*
(Foto: epSos.de / www.everystockphpoto.com)

El Regional Economic Outlook del Fondo Monetario Internacional (FMI), publicado la semana pasada, ratifica algo que vienen debatiendo economistas heterodoxos hace décadas: el grueso del crecimiento económico de América Latina no se debe al boom de commodities, ni al desarrollo del sistema financiero, ni a la calidad de las instituciones. Se debe, más bien, al crecimiento del factor trabajo en los últimos veinte años. 

De manera más precisa, se explica por la expansión de la población económicamente activa que asume la forma de un dividendo demográfico de nuevos entrantes laborales y de un dividendo de género por una mayor participación laboral femenina. El factor trabajo explica más del 60% del crecimiento económico entre 2003 y 2012.

Esto que pareciera un artificio estadístico, constituye un dato importante del patrón latinoamericano de crecimiento de los últimos tiempos. ¿Qué significa? Que, en la mirada agregada de las cuentas nacionales, el peso de traslaciones laborales que generan más demanda efectiva, es mayor que el peso de las exportaciones netas, que la formación bruta de capital, y por supuesto, mayor que el cambio tecnológico en nuestras economías.
 
Un zoom sobre el producto interno bruto de cualquier país nos muestra la importancia inercial de sectores masivos –servicios, en particular—que a pesar de su baja productividad y sus bajas remuneraciones, explican el grueso del crecimiento del PIB.  Para decirlo “en fácil”: el impacto acumulativo de pequeños cambios sobre algo muy grande es, en el curso de una década, muy grande. En contraste, el impacto de grandes cambios sobre sectores minúsculos de la economía –a pesar de su potencial o novedad– es, aun, relativamente pequeño.
 
A esta constatación, se le denomina “cambio estructural” –la gradual traslación de millones de trabajadores de sectores de baja productividad (rurales, agrarias) a sectores de mediana/baja productividad (urbanas, servicios). Muchos países latinoamericanos se beneficiaron de este tipo de cambio que es relativamente lento y acumulativo. Sin embargo, en la medida en que se acaben las fuentes fáciles de traslación laboral –cuando se agotan, por ejemplo, los beneficios de la urbanización o se converge gradualmente a la paridad de género en la participación laboral— se acaban estas fuentes demográficas de crecimiento.
 
De ahí en adelante, se gana competitividad o con mayor innovación tecnológica o con deflación interna –rebajando el costo laboral unitario de la economía. Los índices del Foro Económico Mundial retratan como se encuentran diversas economías latinoamericanas con respecto a esta transición. Algunas siguen ganando competitividad por acumulación de factores de producción (Haití, Nicaragua, Bolivia, Honduras y Venezuela); la mayoría se encuentra en un proceso de transición en base a mejores entornos de negocios (Colombia, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Ecuador, Guatemala, Panamá, Paraguay y Perú); y un grupo creciente transita hacia la consolidación de competitividad por innovación (Chile, Brasil, México, Argentina y Uruguay).
 
Queda la pregunta si las economías transitarán de manera lineal de lo factorial a lo innovador, o si bolsones de todas las economías ya muestran adaptaciones a nichos de innovación, a oportunidades idiosincráticas de negocios o a peculiaridades geográficas o institucionales de cada economía. También queda la pregunta si el “nuevo normal” de nuestras economías inhiba el crecimiento manufacturero exportador a futuro –por apreciaciones crónicas del tipo de cambio, aumentos estructurales en el costo unitario laboral, desigualdades históricas en los niveles de consumo y bajos niveles de ahorro doméstico, entre otros factores. Quizá el crecimiento de la demanda doméstica sea simplemente una adaptación a este “nuevo normal” macroeconómico.
 
En cualquier caso, la nueva frontera ya no está en la traslación laboral, sino en su calificación y en encontrar nuevas formas de generar crecimiento y absorción laboral. Abrirá, en su momento, un nuevo debate latinoamericano sobre las reformas estructurales requeridas para acelerar estas transiciones.
 
* Sobre el autor: George Gray Molina es el Economista Jefe y Líder del Equipo regional de Desarrollo Humano y Objetivos de Desarrollo del Milenio en la Dirección Regional para América Latina y el Caribe del PNUD
 
Fuente: Revista Humanum